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	<title>Artificios &#187; Internet</title>
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	<description>Blog de literatura, cultura y traducción</description>
	<pubDate>Fri, 02 Jan 2009 18:22:23 +0000</pubDate>
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		<title>El misterio Clarice Lispector</title>
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		<pubDate>Thu, 23 Oct 2008 21:52:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Biografía]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Una referencia de Félix Romeo me puso sobre la pista de Clarice Lispector en la red. Hasta ahora no se me había ocurrido la posibilidad de encontrar algún testimonio videográfico de ella en Internet, pero ahí está: una larga entrevista en la televisión brasileña que se puede ver gratis en YouTube, una de las ventajas de nuestro mundo interconectado. Ver esta joya hace tan sólo unos años habría sido una tarea ímproba. Probablemente habría sido necesario viajar a Brasil e investigar en bibliotecas, hemerotecas o filmotecas para encontrarla.</p>
<p>La importancia del documento es mayor por varias circunstancias. Clarice Lispector nunca fue dada a las entrevistas, siempre guardó su intimidad como algo precioso. Y además, la entrevista, concedida a Junio Lerner para el programa &#8220;Panorama&#8221;, fue emitida el 1 de febrero de 1977, pocos meses antes de que muriera, prematuramente de un cáncer, con tan sólo 57 años. La entrevista está dividida en varias partes. Cuelgo aquí sólo la primera parte, las demás aparecerán como sugerencias al terminar de verla. No soy mitómano, creo, pero su expresión en este documento me impresiona: posee la mirada hierática y directa de alguien acostumbrado a contemplar abismos, aunque sean interiores y lo parezcan menos. También afecta, conociendo su belleza (impresionante en su juventud, a mí me parece casi imposible que una escritora tan solitaria haya sido tan bella, si bien es cierto que no existe ninguna contradicción necesaria entre ambas características), constatar las huellas del cansancio y la enfermedad que la estaban minando sin que se diera cuenta o, tal vez, dándose cuenta pero tratando de obviarlo hasta el momento final. Pero, sobre todo, lo que queda flotando poderosamente después de verla es el tono, al mismo tiempo firme e imbuido de humildad, de sus palabras.</p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="344" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/9ad7b6kqyok&amp;hl=es&amp;fs=1" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="344" src="http://www.youtube.com/v/9ad7b6kqyok&amp;hl=es&amp;fs=1" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p>Clarice Lispector no se consideraba una escritora profesional, a pesar de haber publicado bastantes novelas, libros de relatos e incluso libros para niños. Pero se definía como una amateur porque deseaba, ante todo, mantener la libertad de escribir o de no escribir. Esta actitud fundamental explica su relación de amor voluntario con la escritura. Para ella, escribir era una necesidad a la que, paradójicamente, podía renunciar. Pero, al mismo tiempo, en las largas épocas en las que dice no sentirse capaz de escribir, en los tiempos en los que la vida le resulta demasiado dura, siente que está muerta. Porque, desde muy pequeña, pensaba que vivía en una especie de historia interminable. Clarice reconoce que esta relación suya con la actividad de narrar es muy complicada y que no puede explicarla cabalmente. Pero tiene la conciencia nítida de que empezó a escribir desde que aprendió a leer. Más tarde, durante la adolescencia, reconoce que era muy caótica y que vivía completamente fuera de la realidad. Puedo identificarme fácilmente con ese estado de conciencia.</p>
<p>Como complemento a las palabras de Lispector, el programa que rescata la entrevista nos ofrece las declaraciones de su biógrafa, Nádia Battela Gotlib. Me quedo con su observación de que los personajes de Lispector son una cosa y a la vez la contraria. Añado que sus escritos están plenos de dicotomías amor-odio, de contradicciones tan abstrusas que acaban desembocando en síntesis imposibles o en negaciones que nos colocan ante la tesitura de volver a empezar, de sentir y reflexionar de nuevo todas las emociones para intentar desentrañar la verdad última de todo lo accesorio. Tarea imposible, agotadora, pero necesaria. Intento de desentrañar el mundo desde la individualidad más íntima. Y también me deslumbra que, dentro de las dicotomías en las que parecía desenvolverse, Lispector siempre mantiene una extraña y particular posición como lectora de sus propias obras. Muchos escritores se desvinculan de su obra cuando ya está publicada, porque ya no les pertenece, pero Clarice parecía leer sus obras con extrañeza y en ocasiones no comprendía lo que ella misma había escrito anteriormente. En la entrevista menciona expresamente el caso de &#8220;El huevo y la gallina&#8221;, un cuento (perteneciente a su colección &#8220;Felicidad clandestina&#8221;) que seguía intrigándola poco antes de su propia muerte y del que admite abiertamente no saber en último término qué quería decir con él. Una frase suya lo resume bien:</p>
<blockquote><p>&#8220;O bom de escrever é que nao sei o que vou escrever na proxima linha. Eu queria saber o que pretendem de mim os meus livros&#8230;&#8221;</p></blockquote>
<p>Esta sensación de profunda extrañeza, unida a la certeza de encontrarme ante una obra excepcional, es la que también ha prevalecido siempre en mí al leerla. Es como si el lector se viera obligado a duplicar el desconcierto de la propia autora, envuelto en una escritura que lo zarandea con su no-estilo. Es quizás uno de los escritores, hombre o mujeres, que menos he podido comprender, dándose la paradoja que la mayor lección que podamos extraer de ella es precisamente la imposibilidad de comprender, al mismo tiempo que hemos de reconocer el inmenso talento de su arte. Como muestra ínfima y pequeño homenaje, recuerdo especialmente un pasaje de &#8220;Cerca del corazón salvaje&#8221; que ilustra de modo ejemplar la lucha intrínseca de ideas contrapuestas o incluso contradictorias en ella:</p>
<blockquote><p>&#8220;Recostó la cabeza en su pecho, y allí latía un corazón. Pensó: incluso así, a pesar de la muerte, algún día le dejaré. Conocía bien el pensamiento que podría llegarle, fortaleciéndola, si antes de dejarlo se conmoviera: &#8216;Arrojé todo lo que podría tener. No le odio, no le desprecio. ¿Por qué buscarle, aunque lo ame? No me gusto hasta el punto de que me gusten las cosas que me gustan. Amo más lo que quiero que a mí misma&#8217;. Sin embargo, sabía que la verdad podía estar igualmente en lo contrario de lo que pensaba.&#8221; (&#8221;Cerca del corazón salvaje&#8221;, traducción de Basilio Losada, ediciones Siruela).</p></blockquote>
<p>&#8220;The rest is silence&#8221;&#8230;</p>
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		<title>El paso del tiempo</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Oct 2008 11:09:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Cultura]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde hace algún tiempo estoy teniendo una conciencia intensa del paso del tiempo, mayor de la habitual en mí, que ya está bastante desarrollada. Uno de los signos de esta sensibilidad creciente puede ser la sensación de pérdida que experimento cuando leo muchos libros, artículos, o contemplo gran cantidad de cuadros, fotografías, películas y percibo la imposibilidad de dar cuenta de la excitación que me producen en mi escritura: en el blog o en mi obra propia. Esto me ha ocurrido en las últimas semanas en que he leído o releído libros importantes y me ha resultado imposible comentarlos en detalle en esta bitácora abierta. Pero a pesar de ello, quiero dejar constancia de esas impresiones que tienen mucho que ver, en mi opinión, con el estado mental necesario para ser creativo, para generar dentro de sí mismo la capacidad de crear nuevas obras, ya sean literarias, plásticas o de cualquier otro tipo.</p>
<p>Como en un río, en mi mente se mezclan ahora los artículos leídos en magazines literarios, como el titulado &#8220;Lágrimas&#8221; de Andrés Ibañez, acerca de sus sentimientos con respecto a su hija, o aquel otro titulado &#8220;Carmen&#8221;, dedicado a una amiga, pero que no habla sólo de ella, sino del paso del tiempo (precisamente) y de la extrañeza que puede provocar, u otro artículo de Ricardo Menéndez Salmón: &#8220;Kaurismaki y Coetze&#8221; (todos ellos en ABCD), cuando desea en su columna la conjunción exitosa de estos dos grandes creadores, cineasta uno y novelista el otro, para ofrecernos una obra de arte total, y entonces surgen los vínculos curiosos, como que yo hablara en este blog hace poco de la conjunción ya quizás imposible de Guillermo Arriaga y Alejandro González Iñárritu y que leyera &#8220;Desgracia&#8221; de Coetzee con maravillamiento creciente y me acordara de nuevo de &#8220;Derrumbe&#8221; de Menéndez Salmón, que he leído hace dos meses y de la que tengo pendiente una reseña en esta bitácora, y volviera a leer &#8220;El corazón de las tinieblas&#8221; (o quizás mejor, como  señala el editor y traductor Dámaso López García en su prólogo (editorial Valdemar) &#8220;Corazón de oscuridad&#8221;, con todas sus connotaciones, con la idea de que el mismo corazón &#8220;es&#8221; la oscuridad) y leyera después la reseña de &#8220;Derrumbe&#8221; en la bitácora de Vicente Luis Mora poniendo todo estos nombres en relación y pensara en mi novela y en los temas relacionados de que trata. Y a continuación pensara en la curiosa coincidencia (o quizás no tenga nada de casualidad) de que ambos títulos sean dos palabras de 3 sílabas que empiecen por D y aludan a significados tan ominosos. Y después leo su último <a href="http://vicenteluismora.blogspot.com/2008/10/fragmenta.html" target="_blank">post del 13 de octubre</a> y me encuentro con esto:</p>
<blockquote><p>Tomo un avión en Michoacán, México. En la sala de espera estamos apenas quince personas, absolutamente rotos de cansancio. Son las cuatro de la mañana. No hemos dormido, no hemos desayunado y aquí estamos, destrozados, esperando. En ese momento, abro un libro de filosofía. Un complicado ensayo sobre el sujeto entendido como vacío ontológico y sobre la aniquilación de la identidad en la máscara espectacular de lo económico. Alguno pensará que hay que tener estómago para abrir un libro como ése después de haber dormido tres horas, sin ni siquiera un café en el cuerpo.</p>
<p>Pero es precisamente la filosofía lo que me defiende del horror. Mientras todos los demás viajeros suspiran, removiéndose en los duros asientos de plástico, rogando que acabe de una maldita vez la espera y puedan retomar el sueño a bordo, aquí sucede algo diferente: algunas frases magistrales, algunos párrafos mayúsculos, convierten la pesadilla en acontecimiento. A la media hora estoy despierto, feliz, agradecido, absolutamente pleno. El amanecer en el aeropuerto de Morelia como una de las formas de la felicidad. Los libros no sólo nos salvan del horror del viaje, también del horror de la existencia.</p></blockquote>
<p>Y entonces pienso en la coincidencia de pareceres o de sensibilidades que se produce a través de la escritura, de la conjunción seriada de palabras generalmente negras sobre una hoja de papel blanco y en el modo misterioso en que aquellas palabras seriadas evocan en nuestras mentes ideas en ocasiones placenteras o a veces horriblemente dolorosas, y en cómo, simétricamente, las palabras del libro de filosofía desconocido le han provocado a Vicente consuelo en su espera y a mí las suyas confirmación de mi estado de comunicación a través de esa escritura dispersa ya en tantos medios que forma una tupida red alrededor nuestro que nos envuelve y acuna. Y que su post sobre el tema del consuelo por la filosofía incluya la palabra &#8220;horror&#8221;, que es central en &#8220;El corazón de las tinieblas&#8221; y aluda de nuevo así mismo a &#8220;Derrumbe&#8221; y a &#8220;Desgracia&#8221; y vuelva a sumergirme en la red de redes y en la tupida malla de las relaciones de las palabras y en la comunicación y las relaciones a través de ellas. Más tarde, en el ABCD de esta misma semana leo la última columna de Menéndez Salmón sobre la muerte de David Foster Wallace y veo que su homenaje tiene otros interesantes puntos de contacto con <a href="http://pablo-villadangos.com/blog/2008/09/20/david-foster-wallace-in-memoriam/" target="_blank">mi post de hace un par de semanas sobre el mismo Wallace</a>, en el que me preguntaba acerca de esa infelicidad que le llevó a ejercer esa &#8220;violencia de la soga&#8221; sobre sí mismo.</p>
<p>Algún tiempo después me sumergo en los artículos de Manuel Rodríguez Rivero y de pronto veo que me dan ganas de decirle que le comprendo perfectamente cuando hablaba de Madrid en agosto y de cómo se siente en las noches demasiado calurosas acompañadas de lecturas y de música que puede ser de Billie Holiday o Ella Fitzgerald o de alguna de esas voces que parecen un guante sedoso sobre nuestra piel. Y entonces uno tenga la sensación de que muchas veces muchos de los diálogos importantes de su vida se desarrollen a distancia, a través de la escritura y la lectura con sus contemporáneos artistas o amantes de la literatura. Pero ese diálogo a distancia e interruptus también se da con la mayor intensidad con todos aquellos autores del presente que nos maravillan y que acabamos de leer, como el ya citado Coetzee en &#8220;Desgracia&#8221; o &#8220;Vida y época de Michael K.&#8221; o Ian McEwan en &#8220;Chesil Beach&#8221; o Richard Ford en &#8220;Acción de Gracias&#8221; o Haruki Murakami en &#8220;Kafka en la orilla&#8221; o Vasili Grossman en &#8220;Vida y destino&#8221;.</p>
<p>Y entonces también tenemos conciencia de la deuda que arrastramos con los autores del pasado que ya están muertos y que no pueden escuchar nuestro agradecimiento por todas las horas que han poblado nuestras vidas con un estremecimiento desconocido, como Kafka, al que nos surge la necesidad imperiosa de preguntarle cómo se le ocurrió la idea de convertirse literariamente en insecto en &#8220;La metamorfosis&#8221; (o &#8220;La transformación, si traducimos exactamente el término alemán &#8220;Verwandlung&#8221;) o Robert Walser y sus &#8220;Hermanos Tanner&#8221;, que leí por primera vez hace más de diez años y que veo ahora en multitud de ediciones españolas y extranjeras en múltiples idiomas en una fotografía de la biblioteca de Enrique Vila-Matas, y pienso en cómo Vila-Matas lo cita una y otra vez en &#8220;Bartleby y compañía&#8221; y pone el acento en la declaración básica que parece definir la personalidad de antiprotagonista de Walser: su rabioso deseo de &#8220;ser un cero a la izquierda&#8221;. O el mismo Conrad, al que deseamos interrogar sobre su viaje al Congo y esa paulatina toma de conciencia del horror, el horror que relata su protagonista y que él experimentó al darse cuenta de que impregnaba los dos lados, el de los salvajes y el de los supuestos civilizados, tal vez con aún mayor intensidad en el lado de la civilización, que no ha demostrado ser sino un modo de enmascarar débilmente e intensificar con los prodigios de la técnica toda la capacidad inaudita de destrucción de otros seres humanos. O preguntar a Stanley Kubrick cómo concibió la idea de &#8220;2001: Una odisea del espacio&#8221; leyendo el relato &#8220;El centinela&#8221; de Arthur C. Clarke y cómo se le ocurrió mezclar la idea del progreso de la raza humana y su soledad y su afán de saber con la presencia inquietante de Hal y la música de Penderecki y Strauss y con una orgía visual como la del último viaje interestelar del astronauta. Y a continuación, preguntarle a Ridley Scott qué sintió al leer por primera vez el libro de Philip K. Dick &#8220;¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?&#8221; y qué le indujo a transformarlo o reescribirlo o hacerle un comentario artístico grandioso en &#8220;Blade runner&#8221; y por qué cambió el final de su película y preguntarle a Ingmar Bergmann cuánto de su propia experiencia tiene el personaje de Alexander en su impresionante &#8220;Fanny y Alexander&#8221; y cuál es la historia de la versión larga y la corta (mejor dicho, menos larga). Oir todo esto de sus propios labios y agradecerles personalmente todas las horas, días, semanas que me han acompañado y me han curado del mal de la realidad, que es demasiado punzante y araña y duele. O hablar a través de los siglos con Albrecht Dürer (nuestro Durero) y decirle la impresión que siempre me han causado sus dibujos y grabados, sus trazados precisos y perfectos y el aura poderosa y al mismo tiempo ominosa que surge de su &#8220;Melancolía&#8221;, o postrarme ante Leonardo da Vinci y expresarle mi rendida admiración por su capacidad para ser un sabio total (o renacentista), un hombre que fuera capaz de abarcar y dominar todas las disciplinas de su tiempo, algo que ya nos está definitivamente vedado a los hombres de nuestro tiempo. O hablar con Francis Bacon y escuchar de su boca la ya imposible confesión de su soledad que nos asalta y nos incomoda tanto en sus cuadros de hombres despedazados como sorprendidos tras la explosión de una bomba a su lado.</p>
<p>Es así como la red de palabras va a ampliarse con un texto más que incorporo ahora a la malla mundial y pienso en la forma decisiva en que las bitácoras van a cambiar (y de hecho han cambiado ya el modo en que los textos escritos van a relacionarse a partir de ahora) y lanzo mis palabras esperando que continúen el gran juego de comunicación interrupta pero continua a través del tiempo que me persigue y sólo me queda expresar que espero que todas estas impresiones artísticas, todos estos maravillamientos y emociones puedan reflejarse de forma cumplida en mis propias obras para que pueda devolver a todos estos artistas una ínfima fracción del placer que me han proporcionado.</p>
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