El misterio Clarice Lispector
Una referencia de Félix Romeo me puso sobre la pista de Clarice Lispector en la red. Hasta ahora no se me había ocurrido la posibilidad de encontrar algún testimonio videográfico de ella en Internet, pero ahí está: una larga entrevista en la televisión brasileña que se puede ver gratis en YouTube, una de las ventajas de nuestro mundo interconectado. Ver esta joya hace tan sólo unos años habría sido una tarea ímproba. Probablemente habría sido necesario viajar a Brasil e investigar en bibliotecas, hemerotecas o filmotecas para encontrarla.
La importancia del documento es mayor por varias circunstancias. Clarice Lispector nunca fue dada a las entrevistas, siempre guardó su intimidad como algo precioso. Y además, la entrevista, concedida a Junio Lerner para el programa “Panorama”, fue emitida el 1 de febrero de 1977, pocos meses antes de que muriera, prematuramente de un cáncer, con tan sólo 57 años. La entrevista está dividida en varias partes. Cuelgo aquí sólo la primera parte, las demás aparecerán como sugerencias al terminar de verla. No soy mitómano, creo, pero su expresión en este documento me impresiona: posee la mirada hierática y directa de alguien acostumbrado a contemplar abismos, aunque sean interiores y lo parezcan menos. También afecta, conociendo su belleza (impresionante en su juventud, a mí me parece casi imposible que una escritora tan solitaria haya sido tan bella, si bien es cierto que no existe ninguna contradicción necesaria entre ambas características), constatar las huellas del cansancio y la enfermedad que la estaban minando sin que se diera cuenta o, tal vez, dándose cuenta pero tratando de obviarlo hasta el momento final. Pero, sobre todo, lo que queda flotando poderosamente después de verla es el tono, al mismo tiempo firme e imbuido de humildad, de sus palabras.
Clarice Lispector no se consideraba una escritora profesional, a pesar de haber publicado bastantes novelas, libros de relatos e incluso libros para niños. Pero se definía como una amateur porque deseaba, ante todo, mantener la libertad de escribir o de no escribir. Esta actitud fundamental explica su relación de amor voluntario con la escritura. Para ella, escribir era una necesidad a la que, paradójicamente, podía renunciar. Pero, al mismo tiempo, en las largas épocas en las que dice no sentirse capaz de escribir, en los tiempos en los que la vida le resulta demasiado dura, siente que está muerta. Porque, desde muy pequeña, pensaba que vivía en una especie de historia interminable. Clarice reconoce que esta relación suya con la actividad de narrar es muy complicada y que no puede explicarla cabalmente. Pero tiene la conciencia nítida de que empezó a escribir desde que aprendió a leer. Más tarde, durante la adolescencia, reconoce que era muy caótica y que vivía completamente fuera de la realidad. Puedo identificarme fácilmente con ese estado de conciencia.
Como complemento a las palabras de Lispector, el programa que rescata la entrevista nos ofrece las declaraciones de su biógrafa, Nádia Battela Gotlib. Me quedo con su observación de que los personajes de Lispector son una cosa y a la vez la contraria. Añado que sus escritos están plenos de dicotomías amor-odio, de contradicciones tan abstrusas que acaban desembocando en síntesis imposibles o en negaciones que nos colocan ante la tesitura de volver a empezar, de sentir y reflexionar de nuevo todas las emociones para intentar desentrañar la verdad última de todo lo accesorio. Tarea imposible, agotadora, pero necesaria. Intento de desentrañar el mundo desde la individualidad más íntima. Y también me deslumbra que, dentro de las dicotomías en las que parecía desenvolverse, Lispector siempre mantiene una extraña y particular posición como lectora de sus propias obras. Muchos escritores se desvinculan de su obra cuando ya está publicada, porque ya no les pertenece, pero Clarice parecía leer sus obras con extrañeza y en ocasiones no comprendía lo que ella misma había escrito anteriormente. En la entrevista menciona expresamente el caso de “El huevo y la gallina”, un cuento (perteneciente a su colección “Felicidad clandestina”) que seguía intrigándola poco antes de su propia muerte y del que admite abiertamente no saber en último término qué quería decir con él. Una frase suya lo resume bien:
“O bom de escrever é que nao sei o que vou escrever na proxima linha. Eu queria saber o que pretendem de mim os meus livros…”
Esta sensación de profunda extrañeza, unida a la certeza de encontrarme ante una obra excepcional, es la que también ha prevalecido siempre en mí al leerla. Es como si el lector se viera obligado a duplicar el desconcierto de la propia autora, envuelto en una escritura que lo zarandea con su no-estilo. Es quizás uno de los escritores, hombre o mujeres, que menos he podido comprender, dándose la paradoja que la mayor lección que podamos extraer de ella es precisamente la imposibilidad de comprender, al mismo tiempo que hemos de reconocer el inmenso talento de su arte. Como muestra ínfima y pequeño homenaje, recuerdo especialmente un pasaje de “Cerca del corazón salvaje” que ilustra de modo ejemplar la lucha intrínseca de ideas contrapuestas o incluso contradictorias en ella:
“Recostó la cabeza en su pecho, y allí latía un corazón. Pensó: incluso así, a pesar de la muerte, algún día le dejaré. Conocía bien el pensamiento que podría llegarle, fortaleciéndola, si antes de dejarlo se conmoviera: ‘Arrojé todo lo que podría tener. No le odio, no le desprecio. ¿Por qué buscarle, aunque lo ame? No me gusto hasta el punto de que me gusten las cosas que me gustan. Amo más lo que quiero que a mí misma’. Sin embargo, sabía que la verdad podía estar igualmente en lo contrario de lo que pensaba.” (”Cerca del corazón salvaje”, traducción de Basilio Losada, ediciones Siruela).
“The rest is silence”…