El paso del tiempo

Desde hace algún tiempo estoy teniendo una conciencia intensa del paso del tiempo, mayor de la habitual en mí, que ya está bastante desarrollada. Uno de los signos de esta sensibilidad creciente puede ser la sensación de pérdida que experimento cuando leo muchos libros, artículos, o contemplo gran cantidad de cuadros, fotografías, películas y percibo la imposibilidad de dar cuenta de la excitación que me producen en mi escritura: en el blog o en mi obra propia. Esto me ha ocurrido en las últimas semanas en que he leído o releído libros importantes y me ha resultado imposible comentarlos en detalle en esta bitácora abierta. Pero a pesar de ello, quiero dejar constancia de esas impresiones que tienen mucho que ver, en mi opinión, con el estado mental necesario para ser creativo, para generar dentro de sí mismo la capacidad de crear nuevas obras, ya sean literarias, plásticas o de cualquier otro tipo.

Como en un río, en mi mente se mezclan ahora los artículos leídos en magazines literarios, como el titulado “Lágrimas” de Andrés Ibañez, acerca de sus sentimientos con respecto a su hija, o aquel otro titulado “Carmen”, dedicado a una amiga, pero que no habla sólo de ella, sino del paso del tiempo (precisamente) y de la extrañeza que puede provocar, u otro artículo de Ricardo Menéndez Salmón: “Kaurismaki y Coetze” (todos ellos en ABCD), cuando desea en su columna la conjunción exitosa de estos dos grandes creadores, cineasta uno y novelista el otro, para ofrecernos una obra de arte total, y entonces surgen los vínculos curiosos, como que yo hablara en este blog hace poco de la conjunción ya quizás imposible de Guillermo Arriaga y Alejandro González Iñárritu y que leyera “Desgracia” de Coetzee con maravillamiento creciente y me acordara de nuevo de “Derrumbe” de Menéndez Salmón, que he leído hace dos meses y de la que tengo pendiente una reseña en esta bitácora, y volviera a leer “El corazón de las tinieblas” (o quizás mejor, como  señala el editor y traductor Dámaso López García en su prólogo (editorial Valdemar) “Corazón de oscuridad”, con todas sus connotaciones, con la idea de que el mismo corazón “es” la oscuridad) y leyera después la reseña de “Derrumbe” en la bitácora de Vicente Luis Mora poniendo todo estos nombres en relación y pensara en mi novela y en los temas relacionados de que trata. Y a continuación pensara en la curiosa coincidencia (o quizás no tenga nada de casualidad) de que ambos títulos sean dos palabras de 3 sílabas que empiecen por D y aludan a significados tan ominosos. Y después leo su último post del 13 de octubre y me encuentro con esto:

Tomo un avión en Michoacán, México. En la sala de espera estamos apenas quince personas, absolutamente rotos de cansancio. Son las cuatro de la mañana. No hemos dormido, no hemos desayunado y aquí estamos, destrozados, esperando. En ese momento, abro un libro de filosofía. Un complicado ensayo sobre el sujeto entendido como vacío ontológico y sobre la aniquilación de la identidad en la máscara espectacular de lo económico. Alguno pensará que hay que tener estómago para abrir un libro como ése después de haber dormido tres horas, sin ni siquiera un café en el cuerpo.

Pero es precisamente la filosofía lo que me defiende del horror. Mientras todos los demás viajeros suspiran, removiéndose en los duros asientos de plástico, rogando que acabe de una maldita vez la espera y puedan retomar el sueño a bordo, aquí sucede algo diferente: algunas frases magistrales, algunos párrafos mayúsculos, convierten la pesadilla en acontecimiento. A la media hora estoy despierto, feliz, agradecido, absolutamente pleno. El amanecer en el aeropuerto de Morelia como una de las formas de la felicidad. Los libros no sólo nos salvan del horror del viaje, también del horror de la existencia.

Y entonces pienso en la coincidencia de pareceres o de sensibilidades que se produce a través de la escritura, de la conjunción seriada de palabras generalmente negras sobre una hoja de papel blanco y en el modo misterioso en que aquellas palabras seriadas evocan en nuestras mentes ideas en ocasiones placenteras o a veces horriblemente dolorosas, y en cómo, simétricamente, las palabras del libro de filosofía desconocido le han provocado a Vicente consuelo en su espera y a mí las suyas confirmación de mi estado de comunicación a través de esa escritura dispersa ya en tantos medios que forma una tupida red alrededor nuestro que nos envuelve y acuna. Y que su post sobre el tema del consuelo por la filosofía incluya la palabra “horror”, que es central en “El corazón de las tinieblas” y aluda de nuevo así mismo a “Derrumbe” y a “Desgracia” y vuelva a sumergirme en la red de redes y en la tupida malla de las relaciones de las palabras y en la comunicación y las relaciones a través de ellas. Más tarde, en el ABCD de esta misma semana leo la última columna de Menéndez Salmón sobre la muerte de David Foster Wallace y veo que su homenaje tiene otros interesantes puntos de contacto con mi post de hace un par de semanas sobre el mismo Wallace, en el que me preguntaba acerca de esa infelicidad que le llevó a ejercer esa “violencia de la soga” sobre sí mismo.

Algún tiempo después me sumergo en los artículos de Manuel Rodríguez Rivero y de pronto veo que me dan ganas de decirle que le comprendo perfectamente cuando hablaba de Madrid en agosto y de cómo se siente en las noches demasiado calurosas acompañadas de lecturas y de música que puede ser de Billie Holiday o Ella Fitzgerald o de alguna de esas voces que parecen un guante sedoso sobre nuestra piel. Y entonces uno tenga la sensación de que muchas veces muchos de los diálogos importantes de su vida se desarrollen a distancia, a través de la escritura y la lectura con sus contemporáneos artistas o amantes de la literatura. Pero ese diálogo a distancia e interruptus también se da con la mayor intensidad con todos aquellos autores del presente que nos maravillan y que acabamos de leer, como el ya citado Coetzee en “Desgracia” o “Vida y época de Michael K.” o Ian McEwan en “Chesil Beach” o Richard Ford en “Acción de Gracias” o Haruki Murakami en “Kafka en la orilla” o Vasili Grossman en “Vida y destino”.

Y entonces también tenemos conciencia de la deuda que arrastramos con los autores del pasado que ya están muertos y que no pueden escuchar nuestro agradecimiento por todas las horas que han poblado nuestras vidas con un estremecimiento desconocido, como Kafka, al que nos surge la necesidad imperiosa de preguntarle cómo se le ocurrió la idea de convertirse literariamente en insecto en “La metamorfosis” (o “La transformación, si traducimos exactamente el término alemán “Verwandlung”) o Robert Walser y sus “Hermanos Tanner”, que leí por primera vez hace más de diez años y que veo ahora en multitud de ediciones españolas y extranjeras en múltiples idiomas en una fotografía de la biblioteca de Enrique Vila-Matas, y pienso en cómo Vila-Matas lo cita una y otra vez en “Bartleby y compañía” y pone el acento en la declaración básica que parece definir la personalidad de antiprotagonista de Walser: su rabioso deseo de “ser un cero a la izquierda”. O el mismo Conrad, al que deseamos interrogar sobre su viaje al Congo y esa paulatina toma de conciencia del horror, el horror que relata su protagonista y que él experimentó al darse cuenta de que impregnaba los dos lados, el de los salvajes y el de los supuestos civilizados, tal vez con aún mayor intensidad en el lado de la civilización, que no ha demostrado ser sino un modo de enmascarar débilmente e intensificar con los prodigios de la técnica toda la capacidad inaudita de destrucción de otros seres humanos. O preguntar a Stanley Kubrick cómo concibió la idea de “2001: Una odisea del espacio” leyendo el relato “El centinela” de Arthur C. Clarke y cómo se le ocurrió mezclar la idea del progreso de la raza humana y su soledad y su afán de saber con la presencia inquietante de Hal y la música de Penderecki y Strauss y con una orgía visual como la del último viaje interestelar del astronauta. Y a continuación, preguntarle a Ridley Scott qué sintió al leer por primera vez el libro de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” y qué le indujo a transformarlo o reescribirlo o hacerle un comentario artístico grandioso en “Blade runner” y por qué cambió el final de su película y preguntarle a Ingmar Bergmann cuánto de su propia experiencia tiene el personaje de Alexander en su impresionante “Fanny y Alexander” y cuál es la historia de la versión larga y la corta (mejor dicho, menos larga). Oir todo esto de sus propios labios y agradecerles personalmente todas las horas, días, semanas que me han acompañado y me han curado del mal de la realidad, que es demasiado punzante y araña y duele. O hablar a través de los siglos con Albrecht Dürer (nuestro Durero) y decirle la impresión que siempre me han causado sus dibujos y grabados, sus trazados precisos y perfectos y el aura poderosa y al mismo tiempo ominosa que surge de su “Melancolía”, o postrarme ante Leonardo da Vinci y expresarle mi rendida admiración por su capacidad para ser un sabio total (o renacentista), un hombre que fuera capaz de abarcar y dominar todas las disciplinas de su tiempo, algo que ya nos está definitivamente vedado a los hombres de nuestro tiempo. O hablar con Francis Bacon y escuchar de su boca la ya imposible confesión de su soledad que nos asalta y nos incomoda tanto en sus cuadros de hombres despedazados como sorprendidos tras la explosión de una bomba a su lado.

Es así como la red de palabras va a ampliarse con un texto más que incorporo ahora a la malla mundial y pienso en la forma decisiva en que las bitácoras van a cambiar (y de hecho han cambiado ya el modo en que los textos escritos van a relacionarse a partir de ahora) y lanzo mis palabras esperando que continúen el gran juego de comunicación interrupta pero continua a través del tiempo que me persigue y sólo me queda expresar que espero que todas estas impresiones artísticas, todos estos maravillamientos y emociones puedan reflejarse de forma cumplida en mis propias obras para que pueda devolver a todos estos artistas una ínfima fracción del placer que me han proporcionado.

Comment:

RSS subscribe