Hay Festival en Segovia

Hay Festival Segovia 2008Acabo de volver de Segovia de un fin de semana completa y exclusivamente literario y aterrizo en el tráfico de Madrid y las terribles noticias económicas. El contraste es brutal y por ello tengo la necesidad de inmortalizar en un post algunos de los aspectos más destacables del fin de semana.

El Hay Festival de Segovia se está convirtiendo poco a poco en una novedosa tradición de arraigo intelectual (y también popular). En los pocos años que lleva celebrándose (dos, según creo) ha sido un éxito de público y asistencia de escritores con puntos de vista, trayectorias y perspectivas muy diferentes. Creo que una de las fórmulas de su éxito está en combinar la presencia de escritores de larga trayectoria, muy mediáticos y respetados, con otros mucho más jóvenes y menos conocidos, pero que hayan demostrado ya que poseen una obra de suficiente calado, calidad y con promesas de futuro.

Por otro lado, es un acierto combinar la narrativa: novela y relatos, con la ya tradicional gala de poesía y la presencia de músicos de gran originalidad. Curiosamente, el único género literario que casi no ha tenido cabida en las dos ediciones del festival de Segovia a las que he asistido es el teatro. Resulta enriquecedor poder conocer en tres apretados días las perspectivas de escritores procedentes de literaturas muy diferentes: españoles, ingleses, iberoamericanos, africanos, árabes, asiáticos. En la programación de estos dos últimos años podemos ver claramente la riqueza de esa combinación única. Más que ver eventos concretos, lo más fructífero es tratar de asistir, como en una gran representación continua de 12 horas al día, a los eventos situados en diferentes lugares de la ciudad, bellas iglesias románicas o salas de conferencias, corriendo de un lado a otro en una maratón de locales, literaturas y perspectivas para ver, por ejemplo, a Aminatta Forna o los participantes en el proyecto Bogotá39.

De toda esta riqueza, voy a subrayar sólo un par de eventos que seguí con especial interés. Por un lado, la presencia del escritor alemán Peter Schneider, autor de la novela de culto Lenz, libro que expresó el desencanto surgido tras la revolución de mayo del ’68 y de otras obras que reflejan el destino de esa generación, en conversación con Manuel Rodríguez Rivero. La presencia alemana se completó con la proyección del documental “Corazón a la izquierda” (Das Herz sitzt links), dirigido por Margit Knapp y Arpad Bondy, que retrata a Klaus Wagenbach, comprometido editor de izquierdas. La vida de Wagenbach es símbolo de una etapa cultural crucial para la República Federal de Alemania.

El otro evento que destacaría personalmente fue el encuentro del editor Malcolm Otero Barral con los jóvenes escritores Cristina Grande, autora de Naturaleza Infiel, Javier Argüello, escritor de origen argentino afincado en Barcelona y autor de Siete cuentos imposibles y El mar de todos los muertos (2008), y Ricardo Menéndez Salmón, que destacó en 2007 con La ofensa, y ha publicado este año Derrumbe, la novela que le ha consagrado. El año pasado, este encuentro con los nuevos narradores en español tuvo como protagonistas a los novelistas Lolita Bosch o Agustín Fernández Mallo. En el debate que mantuvieron estos dos escritores se evidenciaban dos de las posiciones teóricas de los nuevos narradores: una de ellas es la que podríamos llamar una perspectiva “mutante”, hostil en principio a la tradición, rupturista con la novela española de las últimas décadas (con su punto de vista realista y su insistencia en la trama). La narrativa “mutante” reivindica un estilo fragmentario, la ausencia de trama, la ruptura cronológica, la irrupción del azar en la narración, la importancia del saber científico y de las nuevas tecnologías, sobre todo Internet y las posibilidades de superación del hilo discursivo unidireccional que ofrece. La otra posición, partiendo desde la necesidad de renovación y la búsqueda de nuevos caminos narrativos, no ataca frontalmente la tradición, sino que trata de incorporar sus aspectos positivos.

Este año, ninguno de los nuevos narradores presentes se ha caracterizado por una visión, podríamos decir, tan radical (sin que el término suponga ningún juicio de valor). Cristina Grande,  Javier Argüello y Ricardo Menéndez Salmón son autores de obras que no niegan en absoluto la narratividad discursiva, sino que buscan nuevos caminos para la narrativa en otros aspectos de la misma. Sobre el fondo de la polémica que se desarrolló hace unos meses a raíz de la publicación del decálogo de Vicente Verdú en el que detallaba las características que, a su juicio, debía tener la novela del futuro, la primera conclusión que se nos ocurre puede ser que sigue sin existir un camino único a la creatividad y que ambas perspectivas (y otras menos publicitadas) han sido capaces de construir obras muy prometedoras. Espero con fruición las siguientes obras de estos autores.

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