David Foster Wallace, in memoriam

Leí en todos los diarios acerca de la muerte de David Foster Wallace el día 15. Ha sido un suicidio y al enterarme me embargó un sentimiento de profunda tristeza. Pensando en su vida y su obra, me duele especialmente ser consciente de que un escritor con el talento de Wallace no vaya a seguir regalándonos nunca más con sus novelas. Recuerdo La broma infinita (Infinite Jest) y su retrato de ese dolor inasible, de ese malestar indefinible que se ha convertido en el santo y seña de las personas que habitan en las sociedades opulentas de Occidente. Wallace lo diagnosticó ya en 1996, cuando yo vivía en Michigan y podía palpar cada día la realidad americana, porque aquellos signos preocupantes, aquel “malestar de la cultura” occidental se empezó a manifestar en primer lugar en la muy rica, pero al mismo tiempo muy contradictoria, muy heterogénea, y ahora ya muy desestructurada sociedad estadounidense. En Europa, aquellos signos tardaron algo más en llegar, aunque actualmente todo lo que Wallace sentía, aquella soledad infinita que era como una inmensa broma del peor gusto, se sienta casi en cada vivienda, sobre todo urbana, de cualquier ciudad europea. PERO NADIE ha sido capaz de contarlo, de relatarlo como él.

David Foster WallaceFoto de Marion Ettlinger

Quizás ante todo eso, o tal vez por razones estrictamente personales, asociadas a su infancia, a su vida, a sus expectativas, Wallace no encontró ninguna otra salida que “quitarse la vida” (extraña expresión ésta, cómo puede uno imaginarse que sea posible quitarse eso, cómo hemos de comprender el sentido de este sintagma), que ceder finalmente a una pulsión de muerte contra la que llevaba años luchando. Como muchos otros lectores, me sorprendió en un principio saber que él, el autor cáustico, irónico y francamente divertido Wallace, luchase desde hacía tiempo contra esa fuerza oscura que pretendía succionarle, una potencia que se ocultaba en su propia mente y que ha terminado absorbiéndolo antes de tiempo, mucho antes de lo que desearíamos. Eligió la horca, la soga. Me invade un pudor extraño al evocar esa elección, hacer referencia a las muertes oscuras en celdas, a las muertes públicas en el Salvaje Oeste, pero este método de acabar con la propia vida me parece que tiene mucho que ver con el grado de auténtica desesperación que debía experimentar Wallace en los últimos tiempos y, al mismo tiempo, es algo profundamente norteamericano. Por otro lado, la elección del método de suicidio está estrechamente relacionada con el grado de violencia que se desee ejercer contra uno mismo.

En Estados Unidos, esta muerte sorpresiva ha generado una gran conmoción colectiva, pero los artículos, necrológicas o posts dolientes se han multiplicado en todo Occidente y, en menor medida, en todo el mundo.

Sirva este post como pequeño homenaje desde mi atalaya a este gran autor. Incluyo una selección de vínculos a blogs y a artículos que merecen una visita.

Pequeña selección de links

Obituario de Eduardo Lago en El País

Obituario de Andrés Ibáñez en ABC

Obituario en Los Angeles Times

Blog Diario de lecturas de Vicente Luis Mora

Blog La librería

Blog El ojo fisgón

Blog Masacre en los jardines de Alvy Singer

Blog El rincón de Alvy Singer

One Comment to “David Foster Wallace, in memoriam”

  1. Artificios » Blog Archive » El paso del tiempo Says:

    [...] de David Foster Wallace y veo que su homenaje tiene otros interesantes puntos de contacto con mi post de hace un par de semanas sobre el mismo Wallace, en el que me preguntaba acerca de esa infelicidad que le llevó a ejercer esa “violencia de [...]

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