La muerte de Wolfgang Vogel
En El País del 30-8-2008, leo en Obituarios la noticia de la muerte de Wolfgang Vogel con una interesante semblanza de Juan Gómez. Hoy en día pocas personas, por lo menos en España (muchas más en Alemania) recordarán quién fue Wolfgang Vogel. El pasado día 22 de agosto murió en Baviera, a la edad de 82 años. Durante la guerra fría, Vogel fue el artífice de los intercambios de prisioneros entre ambos bandos entonces enfrentados. Vogel, abogado y representante personal del secretario general del SED (el partido comunista único de Alemania Oriental) disfrutaba de amplios poderes para negociar con su gran Mercedes dorado los intercambios de espías y disidentes previo pago de grandes cantidades de dinero (entonces marcos) por parte de la RFA. En las zonas de sombra que proyectaba el muro de Berlín, Vogel se movía con gran habilidad. En su haber se cuentan las liberaciones de Rudolf Abel, Gary Powers, Günter Guillaume y Anatoli Sharanski, entre otros muchos. En su debe se rumorea su habilidad para embolsarse también sumas millonarias. Con la caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, la estrella de Vogel palideció y fue acusado de chantaje por parte de algunos de los prófugos a los que, según la acusación, presionó para que renunciaran a sus propiedades antes de abandonar Alemania Oriental. El tribunal lo declaró inocente de chantaje, pero culpable de falsificación de documentos y perjurio.
El puente de Glienicke
Muchos de aquellos intercambios tuvieron por escenario el puente de Glienicke (en alemán, Glienicker Brücke), situado muy cerca de Potsdam, a las afueras de Berlín. Las arcadas de hierro de ese puente, situado en una frontera entre las dos repúblicas alemanas algo alejada de núcleos de población, vivieron espectaculares intercambios de personas que jugaron importantes papeles o cumplieron misiones que cambiaron la historia. Rudolf Abel fue el agente del KGB que posibilitó con sus informaciones los primeros ensayos atómicos soviéticos que terminarían enjugando la ventaja norteamericana en armas nucleares. Es curioso cómo los actos de determinadas personas tienen consecuencias impensables en los equilibrios planetarios de poder. Otro intercambio célebre fue el de Günter Guillaume, espía al servicio de la RDA que supo ganarse la confianza del canciller federal Willy Brandt hasta convertirse en uno de sus más íntimos colaboradores. El descubrimiento de su traición le costó la carrera política a Brandt, que nunca más volvió a la política activa.
En la fotografía junto al puente de Glienicke de 1997 que se nos muestra en la noticia, el rostro de aquel anciano refleja de modo admirable la ambivalencia de su papel: benefactor de muchos a costa de muchas renuncias, al mismo tiempo que el propio Vogel aumentaba su poder y sus beneficios personales. Un papel tan doble y tan éticamente contradictorio como el de los agentes que ayudó a escapar. Un carácter adecuado y perfectamente adaptado a la situación histórica que le tocó vivir. Un personaje de un tiempo muy oscuro. No puedo evitar un escalofrío al contemplar su rostro y pensar en las cloacas de aquellas negociaciones, en tantos sufrimientos y renuncias, aunque su efecto último fuera beneficioso. En puridad, durante muchos años Vogel fue uno de los nexos más importantes entre dos mundos enfrentados en una guerra sorda y silenciosa que estuvo a punto de llevar al mundo a la destrucción nuclear en varias ocasiones.
El lago Wannsee
Pero desde un punto de vista meramente geográfico aún existen, si cabe, paradojas mayores en el lugar que alguien, no sé si el propio Vogel, eligió para los intercambios: el puente de Glienicke se halla a escasos 4 kilómetros de otro lugar histórico que marcó de modo indeleble la historia del siglo XX: el lago Wannsee, en cuya ribera oeste se celebró el 20 de enero de 1942 la conferencia que selló el destino de los judíos europeos, donde se decidió en una reunión ultrasecreta la puesta en marcha de la solución final, el Holocausto, el exterminio planificado en los campos de concentración. Así vemos cómo en esos hoy idílicos parajes se concentran dos fragmentos capitales de la historia de Alemania (y del mundo) en el siglo XX. Hace dos años estuve por última vez en Berlín y acudí a aquel lago tranquilo para intentar descubrir si podía sentir aún, asomado a sus riberas, el vínculo ominoso mientras contemplaba melancólicamente sus aguas. Pero para mi sorpresa, no tuve ninguna revelación, ningún indicio. Durante un tiempo me pregunté si esta experiencia reflejaba únicamente mi falta de sensibilidad, mi ausencia de genuina imaginación para representarme el significado de las decisiones que allí se tomaron, o si era congruente con la creciente tendencia a ignorar la historia y a no aprender de nuestros errores que creo percibir en nuestro tiempo. Por el bien de la humanidad, espero que la paz que entonces sentí fuera sólo el reflejo de mi cansancio momentáneo, de cierto embotamiento de los sentidos que sufren las personas agotadas y necesitadas de vacaciones.