Las malas traducciones (de libros)

Realicé mi primera traducción de un texto literario en 1995 (se editó en la revista Hora de Poesía), después publiqué una traducción de un texto teatral (Tatar Titus de Albert Ostermaier), un libro de poemas de Peter Huchel (Carreteras, carreteras), una recopilación de Cuentos del Antiguo Egipto realizada por la egiptóloga alemana Emma Brunner-Traut y posteriormente las cartas del Comité Secreto formado por Sigmund Freud y sus más cercanos seguidores. Esta última traducción se publicó en 2002 (aquí puede verse la lista). Desde entonces no he publicado ninguna otra traducción en ninguna editorial. Existen varias razones posibles para ello: es posible que la calidad de mis traducciones fuese mala o quizás que la remuneración de las mismas no me pareciese adecuada (o tal vez apropiada para vivir dignamente de ella). Dejo al lector adivinar cuál de estas dos razones es la correcta. Una pista: ser mal traductor no es impedimento suficiente para publicar traducciones en muchas editoriales españolas.

Esta introducción, escrita, como diría mi admirado Manuel Rodríguez Rivero, con bastante mala leche, debe servir para poner en antecedentes, en “ambiente”, a los lectores de este post. Precisamente Rodríguez Rivero acaba de publicar en su columna semanal Sillón de orejas en El País del 12 de julio una alusión que me viene al pelo para entrar en materia:

“Siempre he considerado que el buen traductor es el coautor del libro en la lengua de llegada, lo que conlleva dos enormes responsabilidades: la del propio traductor y la del editor que lo contrata. En este país contamos con excelentes traductores, pero el intrusismo y la hipertrofia de la oferta han producido cierta trivialización del oficio entre los menos escrupulosos de ambas partes. Salvo excepciones, el salario de los traductores ha permanecido próximo a la congelación en las últimas dos décadas: las tarifas que algunos editores ofrecen a los traductores de inglés o francés no están muy lejos de las que se pagaban en la década de los noventa. Claro que si un buen traductor rechaza aceptar sueldos de miseria o ridículos derechos de traducción, el editor oportunista levanta la correspondiente piedra y -¡sapristi!- aparece una docena de aficionados dispuestos a decir que sí a esas mismas condiciones con tan desbordante entusiasmo como (en general) escasa competencia. Por eso uno se encuentra a veces con traducciones que venga Dios y las lea (y que nadie en la editorial se ha tomado la molestia de revisar). El darwinismo del mercado editorial ha provocado que los traductores sean, de todos los profesionales de la cadena del libro, los que menos han disfrutado del crecimiento de la tarta en años pasados: incluso algunos de los mejores han terminado desertando, cansados de esperar reconocimiento tangible para su trabajo. Recuerdo que una excelente traductora de Henry James me decía hace tiempo que ganaba más traduciendo un folleto para una multinacional que una novela de mediana extensión para una editorial importante.”

No puedo suscribir con mayor entusiasmo este fragmento, además de subrayar mi total acuerdo con la “excelente traductora de Henry James”, cuyas experiencias en el mundo profesional he compartido y sigo compartiendo. Lo que dice es tan cierto como que somos unos seres perplejos y perdidos en el universo. Anteriormente también Javier Marías, entre otras figuras destacadas, ha expresado con bastante ironía (o debo decir causticidad) sus opiniones a este respecto en bastantes ocasiones, no hace falta que repita ahora yo sus quejas más que justificadas.

Y como yo también sigo leyendo libros traducidos, en ocasiones me encuentro con lamentables desaguisados publicados por editoriales de primer nivel. Por ejemplo, me viene ahora a la memoria la tremenda dificultad que ha representado para mí la lectura de la biografía de Adolf Hitler publicada por uno de los grupos editoriales más importantes de este país. Para que no se pueda decir que quiero hacer sangre gratuitamente, no voy a decir ni quién es el traductor, ni en qué editorial está publicada, ni quién es el autor original (ni siquiera si es o no alemán). Pero sí voy a explicar con algunos detalles los efectos desastrosos que produce una mala (pésima) traducción de un libro que, creo, es lo bastante importante para la historiografía como para merecer un mejor tratamiento, máxime, como decía, si está publicado en un importantísimo grupo editorial.

  • Los errores repetidos de sintaxis hacen que en muchas ocasiones una frase resulte completamente ininteligible.
  • La traducción deficiente, o francamente incorrecta, de términos clave de un texto produce la extraña sensación de “flotación del sentido” en el lector. A la larga, a medida que el lector avanza en la lectura de un libro tan voluminoso (más de 1.000 páginas), el efecto es una perplejidad creciente que, por supuesto, se achaca al autor, que es quien a fin de cuentas (para el lector español medio) ha escrito el libro.
  • Las consecuencias para el lector son la relectura constante para poder comprender el texto (un traductor o alguien que conozca bien el idioma original puede intentar traducir a la inversa para extraer el sentido original). El lector empieza a sentir la lectura como una pérdida de tiempo, como un ejercicio confuso que le produce una animadversión creciente contra el texto, hasta que quizás lo deje a un lado, harto de luchar contra él.

Esto me produce una tremenda tristeza. En mi caso, después de más de 400 páginas de auténtico sufrimiento (ya que el tema me interesaba), decidí tirar el libro, literalmente, a la papelera en un ataque de ira y comprar el original alemán para enterarme de verdad de las opiniones del autor (otros 25 euros del ala). Sinceramente, creo que no hay derecho. Del mismo modo que los efectos de una buena traducción pueden traducirse en el incremento de las ventas de un libro (lo cual, dicho sea de paso, nunca revierte en beneficio del traductor), el efecto de una mala traducción en un libro puede ser nefasto. ¿Es posible que muchas editoriales, con su bastante generalizada política de reducir costes empezando por el eslabón más débil de la cadena, no se den cuenta del mal que hacen, a largo plazo, a la cultura en general? Debo decir que aunque me duela, la respuesta que tengo a estas preguntas es, por el momento, absolutamente negativa. He desesperado de que se vaya a producir algún cambio positivo en el futuro inmediato. Como siempre, el traductor será el primer perjudicado, porque su remuneración no se corresponde con su trabajo y su formación, y el lector será el siguiente damnificado, sobre todo si se ve obligado a “tragarse” un tocho de más de mil páginas “reescrito” por algún malabarista de las palabras.

En fin, dejo aquí constancia de mi opinión y suplico de Vuecencia un cambio de tendencia (con ripio incluido).

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