Fin de Feria y nueva narrativa española

El domingo finalizó la Feria del Libro y he de decir que ha sido para mí una de las más interesantes que he vivido. Vaya por delante que este juicio es radicalmente subjetivo y no tiene nada que ver con la Feria en sí, que puede haber sido o no más dinámica que en ediciones pasadas. Pero a pesar de todo, me ha quedado la impresión de que están soplando vientos de cambio en la literatura española (sé que la Feria del Libro, y el mundo del libro en general, no se reduce a la literatura, pero éste es el aspecto que más me interesa de ella). Y creo que Internet tiene bastante que ver con esta renovación. Durante los primeros años de esta década (decidme si me equivoco), la Feria parecía estar monopolizada por los grandes popes de la literatura, los autores consagrados y los productores de best-sellers de gran difusión, abocados a la absurda carrera de los records de ventas publicitados en la famosa lista ya felizmente abolida (estoy seguro de que habrá mucha gente de acuerdo conmigo y, entre ellos, sobre todo, por haberlo expresado en multitud de ocasiones en su columna, mi admirado Manuel Rodríguez Rivero). Pero esto es ya un tema antiguo, agua pasada que no mueve molino.

En la Feria de este año, a pesar de la aparición permanente de los grandes autores, también ha habido una presencia activa de autores menos mediáticos, de autores aún no consagrados, pero que han irrumpido con fuerza en el mundo literario y empiezan a ganar una presencia activa en debates que, en muchas ocasiones, tienen lugar en la red a través de los blogs especializados como éste que mantienen un número de visitas creciente y sirven para reemplazar de un modo mucho más dinámico el antiguo papel de las revistas literarias. La creación y mantenimiento de esta clase de revistas ha sido siempre una tarea tremendamente complicada por la necesidad de buscar fuentes de financiación externas que compensasen su escasa difusión y la sempiterna debilidad de las ventas de los escasos ejemplares disponibles. La nueva cultura de las bitácoras en línea permite alcanzar una difusión y un intercambio de ideas infinitamente mayores y, por supuesto, mucho más dinámicos. La posibilidad de realizar comentarios a las entradas, es decir la interactividad inmediata entre autor y lector está cambiando de manera decisiva el paisaje de la creación literaria. Por lo menos una buena parte de los nuevos autores que están alcanzando reconocimiento y empiezan a ser fichados por grandes editoriales han tenido presencia en Internet y han aprovechado e integrado las nuevas tecnologías y la ciencia desde hace varios años. Es el caso, por ejemplo, de Agustín Fernández Mallo o Ricardo Menéndez Salmón, entre otros, con los que tuve la ocasión de tener un breve intercambio de ideas durante la Feria. Fernández Mallo mantiene una bitácora abierta (El hombre que salió de la tarta) y ambos utilizan Internet como foro de debate y amplificador de sus ideas y obras. Un ejemplo muy interesante de ese debate abierto acerca de los caminos que debe y puede tomar la literatura en la era digital y en un mundo cada vez más fragmentado y complejo, con unos rasgos dominantes postcapitalistas y, para intentar definir sociológicamente el arte de nuestra época se me ocurre el término after-postmodernos, es decir un paso más allá, tanto en experiencias sociales y psicológicas, de lo que representó el postmodernismo en los años 80 y 90 del siglo pasado. Existen blogs especializados en el debate estético e ideológico literario, como Afterpost, por ejemplo, que hace poco organizó unas jornadas literarias en Málaga en las que intervenieron los ya citados Fernández Mallo y Menéndez Salmón (véase la página de la editorial KRK, de la que es editor y donde ha publicado algunos de sus libros), además de Jorge Carrión, Manuel Vilas, Javier Calvo, José Luis Brea, Vicente Luis Mora, Germán Sierra y Robert-Juan Cantavella.

Los resúmenes colgados en Internet permiten que los que no pudimos asistir tengamos la ocasión de seguir el debate y sus consecuencias mediante la lectura de los comentarios: algo impensable hace pocos años, en los que las actas de Congresos podían tardar varios años en ver la luz. Varios de los participantes tienen profesiones científicas o están muy interesados en las nuevas tecnologías y representan a una nueva generación para la que Internet no representa una herramienta más, sino el medio acuoso en el que nadan como peces desde su nacimiento. En mi caso, pertenezco a la generación de Mallo y Salmón, para la que Internet fue un descubrimiento fundamental, pero ocurrido casi al finalizar la juventud. Mis intereses por la ciencia son antiguos (véase por ejemplo mi post sobre Einstein), aunque no poseo formación específicamente científica, sino una mezcla de formación humanística y técnica. En cualquier caso, lo que me parece verdaderamente destacable es el carácter multidisciplinario y polifacético de estos autores, y su capacidad de integrar la visión científica en las hasta ahora cerradas salas a otras disciplinas de las que adolecían las humanidades. Desde hace varias décadas ha habido ámbitos del saber, como la filosofía de la ciencia o la literatura comparada, que han ayudado a superar la endogamia permanente de las visiones académico-universitarias de las humanidades. No puedo sino saludar con entusiasmo esta tendencia, ya que la nueva literatura no puede renunciar a reflejar (aunque este verbo no me satisface por completo; no se trata del espejo que se coloca al borde del camino, ni siquiera del espejo móvil que acompaña al autor) la complejidad del mundo actual. Siempre me han fascinado las visiones futuristas de la ciencia-ficción y (como ya ha quedado claro, espero, en mi post dedicado a “2001, una odisea del espacio” en un artículo de Andrés Ibáñez, otro interesante autor con una visión novedosa de la literatura) lo que pueden aportar a la comprensión de nuestro mundo. En ese sentido, para mí la literatura no puede renunciar a ser una manera creativa de aprehender el mundo en el que vivimos (con matices, un poco al modo que defendía José Ángel Valente hace muchos años en Las palabras de la tribu, aunque modernizado para tener en cuenta todas las nuevas posibilidades de la tecnología), además de intervenir intelectualmente en la búsqueda de nuevas vías.

Otros dos factores que ejemplifican el desarrollo novedoso de la literatura, y que no quería dejar de mencionar aquí, son la multiplicación de los talleres literarios y las escuelas de escritores y las nuevas “editoriales” de autopublicación disponibles en Internet. En lo que respecta a las escuelas de escritores, en España están casi siempre alejadas del entorno académico, a diferencia de lo que ocurre en las universidades anglosajonas, sobre todo americanas, en las que las titulaciones de Creative Writing forman parte desde hace años de la panoplia de títulos disponibles. Muchos de los nuevos escritores americanos han pasado, en distinta medida y con mayor o menor aprovechamiento, por alguna de esas clases. En nuestro país, los cursos de escritura han conocido una expansión razonablemente importante en los últimos años, buena prueba de ello es la oferta existente (sólo algunas de ellas: Fuentetaja, Escuela de Escritores, Escuela de Letras). En mi opinión, su influencia es, en general, bastante positiva en la llamada democratización del arte, aunque no todos los aprendices de escritores lleguen a o deseen siquiera publicar en el futuro, y en la formación del gusto y la extensión de la base activa de “buenos lectores”.

Por otro lado, la progresiva extensión de las editoriales a la carta, como Lulu.com o Bubok, en las que es posible autopublicar las propias obras sin grandes costes, limitando el número de ejemplares impresos a la demanda y dando al autor la mayor parte de los ganancias por los derechos de autor que se reciben por la venta de ejemplares al precio que ese mismo autor desea. Es cierto que esta forma de publicación no tiene, yo diría que sólo por ahora, el prestigio social de la publicación clásica de una obra a través de los canales habituales, en los que se asegura una cierta calidad, cuyo valor puede compararse al de la revisión inter pares de los artículos científicos, y que junto a obras interesantes se publican de este modo libros carentes de la menor sustancia artística objetiva, pero también permiten escapar a la tiranía creciente del mercado, en el que la literatura, yo diría que obscenamente, comercial impide evidentemente la publicación de gran cantidad de obras meritorias, pero difícilmente comercializables, y democratizar el reparto de las ganancias por los derechos de autor y la salida al mercado de libros con un público objetivo que queda sistemáticamente fuera del alcance de las editoriales (un ejemplo sería un libro especializado en tratamientos de alguna enfermedad crónica; el público existe, pero el precio de una publicación tradicional lo hace inviable para las editoriales al uso).

El último asunto sería la progresiva transformación del libro en sí mismo por la irrupción del libro electrónico, aún precario, pero que terminará imponiéndose con toda certeza en el futuro. Varios artículos aparecidos en los últimos meses dan cuenta de esta evolución (véanse sobre todo estos artículos de Jesús Ruiz Mantilla y Javier Celaya (DosDoce.com). Es cierto que Kindle y sus imitaciones o competidores son aún muy rudimentarios y no sustituyen el placer en sí mismo que provoca el tacto del objeto libro. Como objeto, ya se ha dicho muchas veces que el libro es perfecto, pero por muchas razones (como que el papel consume recursos naturales y no es tan versátil como su nuevo competidor computerizado), terminará siendo un objeto de museo, para mayor placer de los bibliófilos.

En resumen, las posibilidades que se abren ante nosotros me parecen ciertamente estimulantes, aunque todas las transformaciones supongan unos riesgos nada desdeñables. Si la civilización en su conjunto no desaparece, el futuro será inevitablemente, un porvenir interconectado. Todo ello supondrá un cambio del mundo editorial que aún no podemos vislumbrar, pero que tendrá consecuencias innegables sobre la literatura.

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