Los escritores secretos
Durante estas últimas semanas, en las que la efervescencia literaria que crea la Feria del Libro de Madrid, con sus apariciones estelares, carruseles de firmas, conferencias, novedades y noticias editoriales, lleva la literatura al primer plano de la actualidad (con permiso de la crisis económica y la Eurocopa), los escritores más mediáticos copan los escasos lugares bajo los focos. Es normal, cuestión de mercado, de promoción de la lectura, incluso del carácter más o menos abierto de los diversos autores. Es conocido que hay muchos escritores capaces de fantásticas verborreas en sus escritos y que, en el contacto directo, no aciertan a expresarse verbalmente con la capacidad que se les suponía por sus obras. Existen escritores tímidos, huidizos, huraños e incluso misantrópicos, mientras que otros colegas parecen sublimarse al contacto con el público, tanto si se supone lector como si no, y florecen con la lujuria de plantas tropicales ante las cámaras o la simple atención de los medios.
Hace poco hemos seguido la polémica acerca de la literatura comercial y la relación de las ventas de un libro con su calidad literaria. Como en casi todo, no existe, ni mucho menos, correlación directa entre las ventas de una obra y su calidad, pero esto no es nuevo. ¿Quién se acuerda hoy de muchos de los ganadores del Premio Planeta en los 70, por ejemplo? No obstante, y esto se olvida con harta frecuencia, bastantes de los escritores que obtienen el éxito en vida y que gozan de unas ventas importantes, serán reconocidos como clásicos en el futuro. En resumen, la relación entre calidad literaria y prestigio social es misteriosa y depende de muchos factores que un autor no puede controlar.
Pero sobre el fondo de este paisaje velado por el ruido mediático de las Ferias y los saraos (literarios o no), si miramos fijamente al horizonte, podemos avistar las figuras minúsculas de los creadores desconocidos, o casi. Los artistas que crean, en el silencio de sus casas o no, las obras que posteriormente podrán venderse o no, pero que conforman en su conjunto lo que puede denominarse el “arte verdadero”: son los escritores (o pintores, escultores, cineastas…) secretos, que sienten la pulsión de la creación y responden a ella con toda la energía y el talento de que son capaces. Muchos de estos escritores están inéditos, luchan con o contra su impulso creativo, dudan de su capacidad, rompen obras casi terminadas, reescriben cien veces un capítulo, pasan por crisis, dudas o sequías creativas, abandonan el arte y vuelven después a él. Muchos de ellos nunca publicarán: algunos encerrarán sus obras bajo llave en un cajón apartado, otros continuarán creando en silencio sin intentar nunca la publicación y bastantes, en fin, abandonarán su impulso creativo y se conformarán con desempeñar cualquier trabajo para sobrevivir. Son los grandes olvidados del arte.
Pero también existe una pléyade de grandes artistas, de escritores muy dotados, en ocasiones los auténticos genios, aquellos que perdurarán con toda seguridad y serán admirados en el futuro para que asistamos a lo que podríamos denominar la “paradoja Van Gogh”, la del artista trágico, incluso suicida, sin ningún éxito en vida, que unas décadas después de su muerte es saludado por todos como un genio indiscutible cuyas obras alcanzan un valor incalculable. A medio camino de esta paradoja, no por su falta de talento, sino porque su vida no alcanzan un cariz tan trágico, se encuentran los escritores que han conseguido publicar sus obras, habitualmente espaciadas durante décadas, que disfrutan de un reducido círculo de lectores iniciados, pero que prácticamente nunca logran el reconocimiento general. Algunos de estos escritores aparecen en este artículo de El País, que ha suscitado esta reflexión. Son, entre otros, Gonzalo Hidalgo Bayal, Ramiro Pinilla, Antonio Pereira, Alberto Méndez o José María Pérez Álvarez. Todos ellos, excepto Méndez, tristemente fallecido, son creadores de cierta edad que han ido tejiendo su obra con perseverancia y determinación durante décadas. Son algunos de los escritores a los que aludía Enrique Vila Matas en su libro Bartleby y compañía.
Este post quiere ser un homenaje a todos ellos y a los muchos otros que, más secretos aún, siguen creando simplemente porque son auténticos creadores. Larga vida al arte.