Novedades editoriales sobre el nazismo

Probablemente como deformación profesional (ya que soy germanista y he estudiado especialmente la primera mitad del siglo XX), me han interesado las últimas novedades editoriales sobre el nazismo que se presentan con motivo de la Feria del Libro. En este artículo en El País de hoy se reseña el nuevo ensayo del historiador Fabrice D’Almeida El pecado de los dioses (Taurus) sobre las relaciones de la alta sociedad germana y los nazis. D’Almeida opina que resulta fascinante seguir las peripecias de Hitler, Göring y los demás nazis por los grandes salones de Munich o Berlín. La idea de la pureza racial, subrayada en el régimen por Göring (aunque desde luego inspirada en primer lugar por el mismo Hitler) , es “la clave del nazismo, [...] un concepto muy de los nobles: mejor cuanto más puro sea tu linaje.”

No he leído aún el libro, por lo que me reservo mi opinión, pero me parece interesante el propósito que declara D’Almeida: intenta desenmascarar “el mecanismo del pelota, del lameculos, que hace que la gente pierda de vista sus valores morales.” En mi opinión, este mecanismo funcionó a pleno rendimiento en la Alemania nazi y produjo el desastroso efecto del encanallamiento y la ceguera ante la desmesura de la barbarie que impidió una reacción interior más eficaz ante el horror. Creo que aún no se han estudiado con rigor suficiente los mecanismos psicológicos colectivos de los alemanes entre 1933 y 1945; arrojar algo más de luz sobre este proceso permitiría comprender mejor el verdadero significado del régimen nazi y prevenir su reproducción en el futuro. En este contexto, es curioso que D’Almeida descalifique la operación Walkiria, el intento de asesinato de Hitler el 20 de julio de 1944 por parte de militares de alta graduación como “pura supervivencia entre depredadores. ‘En realidad, sólo pensaban que Hitler los llevaba a la derrota y que tenían que eliminarle’”. Con algunos matices, creo que aunque es cierto que los participantes en aquel atentado fueron militares aristócratas, sus intenciones iban más allá de esa imagen de pura supervivencia y lucha bestial por el predominio del depredador en la manada, si bien es cierto que los conjurados no pueden ser, ni mucho menos, sospechosos de bolchevismo. La complejidad de los hechos se refleja parcialmente en el recuento del último superviviente de la operación Walkiria, Philipp Freiherr von Boeselager, en su libro Queríamos matar a Hitler (Ariel).

Otras novedades sobre el mismo tema son Nazis y buenos vecinos (Machado Libros), de Max Paul Friedman, sobre el maltrato de los estadounidenses a los alemanes en América; una biografía de Leni Riefensthal, la cineasta de los nazis, de Circe; Dictadores (Tusquets), la comparación entre Stalin y Hitler realizada por Richard Overy y Conversaciones con Albert Speer (Destino), recopiladas por Joachim Fest, uno de los más respetados biógrafos de Hitler (Joachim Fest, Hitler: una biografía, Planeta). En otro post, escribiré en detalle acerca de esta biografía y su traducción, que lamentablemente presenta graves defectos que dificultan en gran medida su lectura.

En este contexto de los procesos psicológicos de los alemanes durante el nazismo, me ha resultado especialmente interesante la entrevista en El Mundo a Bruno Ganz (el actor suizo que interpretó a Hitler en El hundimiento, por cierto basada en el libro homónimo de Joachim Fest), en la que afirma que “Alemania ya puede ver en Hitler no sólo al ser diabólico sino la persona”. Ganz ha recibido un homenaje precisamente en el Hay Festival de Gales y ha declarado lo siguiente:

P. Un intento de recrear un Hitler real, quiere decir, en las antípodas de ‘El gran dictador’…

R. Exacto. Era hora de dar una visión diferente de la de Chaplin. Su película es una obra maestra, por supuesto, pero tiene la estética de aquel periodo y había llegado el momento de hacer otra cosa.

P. ¿No se arrepiente de haber creado un Hitler que inspira compasión? Cuando uno ve ‘El hundimiento’, no puede evitar sentir pena por ese hombre solo, viejo, vencido y traicionado por sus hombres de confianza en sus últimos días.

No. No me arrepiento. Creo que Alemania es hoy lo suficientemente madura como para ver en Hitler no sólo el personaje diabólico sino también la persona que hay detrás de él. En este punto, uno tiene que examinar lo que los testigos dicen de él.

P. Se refiere a quienes estuvieron en el búnker con él.

R. Sí. Muchos han escrito su experiencia en libros que uno puede leer y todos tienen una fascinación por el personaje y dicen que en muchos momentos tenía un lado tremendamente humano. No soporto esa visión radical sobre él que lo pinta como si fuera el diablo.

P. Pero lo era… R. Sí, pero siempre he creído que debía de haber algo ahí que atraía a las personas cercanas más allá de la ideología y desde luego ese sentimiento ha influido mucho en la forma en la que lo he interpretado.

P. ¿No cree que para los alemanes fue siempre más fácil demonizar a Hitler que aceptar su propia responsabilidad en el Holocausto?

R. Es probable. Para aquellos que lucharon en la guerra con uniformes nazis era mucho más fácil crear una caricatura de Hitler y pensar de alguna manera que ellos no eran culpables. Decir algo así como: “Lo único que hicimos fue seguir a un demonio. No tiene nada que ver con nosotros como pueblo o como nación”.

Las dos ideas fuerza de esta entrevista son la imagen de Hitler (la compasión que puede inspirar su figura humana) y la posición de los alemanes con respecto a él. Ahí radica precisamente la dificultad y la complejidad del asunto para emitir un juicio que trate de evitar la mediatización y los caminos trillados del pensamiento. Para mí, el hecho de ver a un Hitler humano no implica dejar de condenarle por sus crímenes atroces, sino que significa ser consciente de que sus actos no tienen nada de inhumano o diabólico; son, desgraciada y ya inevitablemente, los actos de un ser humano, con todas las implicaciones de esta afirmación. Este es, para mí, el punto realmente terrorífico de Hitler, su radical humanidad, aunque deformada hasta su completa “Verzerrung”. Por otro lado, la relación de los alemanes con la figura de Hitler es el otro polo de atracción al que apunta Ganz: la descalificación del dictador como diabólico ha impedido hasta ahora reflexionar en profundidad sobre la propia responsabilidad de las personas en tanto que sujetos activos y pasivos de la historia, aunque ya ha habido numerosos debates sobre esa responsabilidad. Parece que siempre existe un poso último que se escapa a la aprehensión. Un tema apasionante que sólo hemos empezado a vislumbrar.

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