Albert Einstein, la religión y las amantes
Durante estas últimas semanas se han publicado noticias variadas sobre Albert Einstein, en particular acerca de sus opiniones sobre la religión y en relación con las amantes que tuvo. Especial relevancia ha tenido una carta que escribió al filósofo Eric Gutkind en 1954 (recordemos: poco antes de su muerte en 1955), en la que Einstein escribe lo siguiente (véase la publicación original en el diario The Guardian):
La palabra Dios, para mí, no es más que la expresión y el producto de las debilidades humanas, y la Biblia una colección de leyendas dignas pero primitivas que son bastante infantiles. Ninguna interpretación, por sutil que sea, puede cambiar eso (para mí). Tales interpretaciones sutiles son muy variadas en naturaleza, y no tienen prácticamente nada que ver con el texto original. Para mí, la religión judía, como todas las demás religiones, es una encarnación de las supersticiones más infantiles. Y el pueblo judío, al que me alegro de pertenecer y con cuya mentalidad tengo una profunda afinidad, no tiene ninguna cualidad diferente, para mí, a las de los demás pueblos. Según mi experiencia, no son mejores que otros grupos humanos, si bien están protegidos de los peores cánceres porque no poseen ningún poder. Aparte de eso, no puedo ver que tengan nada de escogidos. Me duele que usted reivindique una posición de privilegio y trate de defenderla con dos muros de orgullo, uno externo, como hombre, y otro interno, como judío. Como hombre reivindica, por así decir, estar exento de una causalidad que por lo demás acepta, y como judío, el privilegio del monoteísmo. Pero una causalidad limitada deja de ser causalidad, como nuestro maravilloso Spinoza reconoció de manera incisiva, seguramente antes que nadie. Y las interpretaciones animistas de las religiones de la naturaleza no están, en principio, anuladas por la monopolización. Con semejantes muros sólo podemos alcanzar a engañarnos (…) a nosotros mismos, pero nuestros esfuerzos morales no salen beneficiados. Al contrario (…).
La argumentación de Einstein es meridianamente clara y no ofrece lugar a dudas. Merece especial atención su concepto de la religión como una superstición infantil y su opinión acerca de la igualdad esencial del pueblo judío con respecto a los demás, siendo él mismo un significado judío. En el libro canónico acerca del tema de la religión escrito por Max Jammer: Einstein and Religion se mantenía con matices que Einstein mantuvo una relación algo ambivalente con la religión y, es cierto que existen pasajes de sus escritos o declaraciones en las que parece considerar el fenómeno religioso desde una perspectiva global y espiritual, aunque siempre crítica respecto a las religiones oficiales (la católica y la judía formaron parte de su formación). Sin embargo, la postura de la carta a Gutkind me recuerda a la visión de Freud en sus ensayos El malestar en la cultura y El porvenir de una ilusión, en los que descalificaba decididamente la religión. Estas cartas iluminan con una nueva luz las opiniones íntimas de Einstein y parecen confirmar, aunque quizás no de forma definitiva, su escepticismo frente a la religión en su madurez.

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Otro apartado antes relativamente desconocido en la vida de Einstein es el que concierne a sus relaciones extramatrimoniales, bastante abundantes, según parece. Esta nueva visión del genial físico se basa en 1.400 cartas que la Universidad Hebrea de Jerusalén publicó hace dos años. El estudio de estas cartas ha suscitado la publicación este mismo año de dos ensayos biográficos dedicados a los aspectos personales del físico:
Einstein, a biography, del escritor alemán Jurgen Neffe, y
Einstein, his life and the universe, del periodista y antiguo directivo de Time Walter Isaacson
Acerca de este tema, véase el interesante artículo de Luis Miguel Ariza: “También Einstein era relativo“.
Resulta curioso que un hombre al que se suponía ensimismado en sus teorías físicas universales y no especialmente agraciado físicamente, pudiera desarrollar una vida amorosa tan intensa como se ha descubierto recientemente. Las últimas biografías nos presentan a un Einstein peor padre y esposo de lo que uno esperaría de un genio ético amante de la paz que, sin embargo, escribió una carta al presidente de los Estados Unidos para aconsejar la fabricación de la bomba atómica. Einstein se arrepintió de ello posteriormente, pero durante la Segunda Guerra Mundial consideró que debía evitarse a toda costa que la Alemania nazi desarrollara la bomba antes que los países democráticos aliados.
Recuerdo bien la biografía, ya bastante anticuada, de Desiderio Papp, Einstein: Historia de un espíritu, publicada en Espasa Calpe, que leí durante mi adolescencia y que forjó en mí una imagen idealizada del gran científico, del genio inmarcesible e impoluto. Es cierto que después iría descubriendo casos como la relación de Sartre y De Beauvoir, sobre los que se desató una gran polémica en los 90 al publicarse testimonios de antiguas amantes de ambos. Y son multitud los casos de grandes artistas o científicos con vidas personales de muy dudosa moral. Dentro de todos los casos conocidos, la figura de Einstein se erige con una calidad humana no tan excelente como se creía, aunque quizá tampoco tan deficiente como parece sugerirse ahora. Actuó como un hombre poseído por pasiones como la lujuria, los celos, la soberbia o la ambición. No tengo un juicio definitivo sobre él, pero me sigue pareciendo admirable en muchos aspectos.
July 24th, 2009 at 1:03 am
Era un ser humano como todos, con lo cual es normal que también tuviera sus defectos, así todo nunca dejará de ser una persona brillante.