Ingmar Bergman: Gritos y susurros (Viskningar och rop)

En 1972 el gran maestro Bergman nos regaló este film acerca de la vida de tres hermanas muy diferentes reunidas en la casa familiar a la espera de la muerte de la que parece ser la mediana de las tres: Agnes, enferma de cáncer. En la gran vivienda familiar burguesa las acompaña tan sólo una criada, Anna. La acción transcurre exclusivamente dentro de la casa, excepto unas breves escenas en el gran jardín de la mansión. Bergman recrea la época de finales del siglo XIX, el mismo periodo de las obras de Ibsen o Strindberg, maestros a los que Bergman rinde homenaje y hace referencia en múltiples ocasiones en su obra (un solo ejemplo es la lectura en voz alta de una obra de Strindberg al final de Fanny y Alexander).

Es esta una historia silenciosa y quizás sobrecargada de sentimientos y emociones ocultas, reprimidas en su mayoría. También uno de sus films más intensos, desde luego. Me resulta curioso compararlo con la que sería su siguiente película: “Escenas de un matrimonio” (1974), en la que aparecen como matrimonio los dos actores Liv Ullmann y Erland Josephson, que aquí son o han sido amantes.

Antes he escrito “silencio”, y es sintomático que en la primera y larguísima escena de la película no se pronuncie una sola palabra durante los primeros 7 minutos largos de proyección, algo impensable en una obra de cine de nuestros días. Merece la pena contemplar la escena con detenimiento, pues a eso nos obliga Bergman, a contemplar y SENTIR, sin el impedimento de las palabras, el tremendo dolor de la protagonista que va a empezar su agonía, y la plomiza opresión de la soledad e incomunicación de las tres hermanas.

Es curioso que los padres se hayan eliminado de la historia; tan sólo existen breves flash-backs con algunas escenas de infancia de las protagonistas, en las que se define el contexto familiar, la historia de un alejamiento progresivo a cuyo resultado asistimos durante la agonía: tres mujeres diferentes, extrañadas e incapaces de comunicar sus sentimientos, sobre todo la hermana mayor Karin, presa de un matrimonio tan insatisfactorio que la única respuesta posible para soportarlo ha llegado a ser una negación de su sexualidad que la empuja incluso hasta la autolesión (es inolvidable la escena en que, seguramente para herir indirectamente a su marido, la hermana se clava un vidrio roto en la vagina). La hermana pequeña Maria, sin embargo, ha escapado a un matrimonio insatisfactorio recurriendo a la infidelidad con el médico de la familia, un novio de adolescencia, al que sigue intentando seducir. Agnes, la hermana agonizante, recuerda fragmentos de aquella infancia y adolescencia mientras trata desesperadamente de recuperar la relación con sus hermanas ante la muerte que se aproxima. Pero morirá sin haberlo conseguido. Ahí aparece Anna, la fiel criada de la familia, que permanece con ella en los momentos más duros de la agonía, en la que se manifiesta la ominipresencia del dolor con toda su realidad corpórea inaplazable: hemorragias, vómitos, dolores insoportables, frente a los cuales sólo permanece a su lado la criada que representa la compasión maternal. Incluso tras la muerte, ninguna de las dos hermanas acude a la llamada postrera de la muerta y sólo Anna permanecerá a su lado proporcionando el consuelo para su paso al otro mundo.

DOS ASPECTOS DESTACABLES:

La presencia constante de la religión en Bergman: sus orígenes, su padre pastor, y la tremenda impronta que han dejado esos temas en su personalidad. Es el aspecto que, desde un punto de vista contemporáneo, le hace algo “antiguo”. Recuerdo lo que me molestaba la insistencia en el aspecto religioso en “Fanny y Alexander”, con el recurso a esas presencias fantasmales de los niños antes de escaparse o del obispo que sigue presiguiendo a Alexander tras su muerte. Pero es un aspecto inseparable de la visión del mundo de Bergman.

Otro tema importante es la famosa escena en que las dos hermanas vivas empiezan a acariciarse desesperadamente para tratar de recuperar su intimidad. Pero a pesar de la importancia de ese episodio, lo que me parece más determinante es la escena de la despedida al día siguiente en que la hermana mayor intenta seguir con aquella intimidad, mientras que la hermana pequeña, voluble e inconstante, ha vuelto ya a su ser anterior, y está de nuevo tan distante como de costumbre. Su acercamiento ha sido tan sólo un momento, “eine Laune” (un estado de ánimo momentáneo), dentro de su volubilidad e inconstancia. La hermana mayor, sin embargo, había iniciado un cambio verdadero, es más genuina, y al igual que antes estaba completa y sinceramente cerrada, ahora también es sincera en su cambio y en su intento de apertura. Pero el final es desolador: el acercamiento real no es posible, lo único que queda es aquel breve momento que, como la vida misma, es sólo un aliento momentáneo en la inmensidad del tiempo. Queda la muerte de la hermana y la familia extrañada. La criada, tras su entrega desinteresada, es despedida, lo que subraya aún más la insensibilidad de la familia burguesa. El único aspecto positivo es la abnegación limpia de Anna, que parece mitigar un poco el retrato inmisericorde del alma humana que extiende Bergman ante nuestros ojos.

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