Andrés Ibáñez, Kubrick y “2001, una odisea del espacio”

En el número 847 de ABCD del 26 de abril, Andrés Ibáñez publicó un artículo de homenaje en el que conmemora el cuarenta aniversario del estreno de la película 2001, una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Las reflexiones de Andrés Ibáñez, cuyos artículos y libros vengo siguiendo con interés desde hace bastante tiempo, coinciden en gran medida con las mías propias. Existen coincidencias esenciales entre nosotros, como el hecho de pertenecer a la misma generación y haber sido influidos por iconos culturales muy similares. Kubrick siempre ha sido para mí, desde su descubrimiento (en mi caso cuando vi la para mí “bouleversante” La naranja mecánica algo después, en mi adolescencia), un maestro del arte y de mi cultura fílmica y visual.

También comparto el interés de Ibáñez por la ciencia-ficción en general, y su misma extrañeza por el rechazo que una parte de la cultura biempensante de la generación anterior, que él califica de “tándem crítico-racionalista-ilustrado-politizado”, tiene por este género. Creo que la ciencia-ficción, por la que me he sentido influenciado fuertemente, habla sobre temas que nos conciernen de un modo profundo como seres humanos y a los que muy pronto nos veremos confrontados, probablemente mucho antes de lo que pensamos. Para mí, estos temas son tan “reales” como los problemas políticos que priorizaba la generación de nuestros padres. Ello no significa que nuestra generación, por lo menos por lo que a mí respecta, esté alejada de la realidad y carezca de compromiso con la política, pero este compromiso se manifiesta de una manera ciertamente diferente. Sí que me sorprende que el pequeño Andrés pudiera percibir con ocho años la importancia de aquella obra. Yo la vi en la adolescencia y recuerdo precisamente esa misma “confusión” de la que habla mezclada con la certeza de hallarme ante una obra capital. Un sentimiento muy similar me asaltó tras la contemplación de La naranja mecánica, proyección de la que salí profunda e íntimamente revuelto, con un sentimiento de asco físico y rabia incontenible que no acertaba a explicar.

Dentro de las películas imprescindibles que destaca, yo subrayaría, sobre todo, Blade Runner y también, aunque aún no exista una perspectiva suficiente para enjuiciarla, Matrix. De Blade Runner celebramos hace poco la salida del Final Cut y espero dedicarle otro post especial.

Para mí, la importancia de 2001 radica en que trata temas metafísicos y eternos desde una perspectiva futura que los acerca a nosotros desde un ángulo absolutamente novedoso. El problema de la inteligencia artificial, que Kubrick fue capaz de percibir de una manera tan intensa en 1968 (de ahí su genio indiscutible), será actualidad dentro de muy pocos años y el hombre, como especie, deberá plantearse ineludiblemente su relación con unas máquinas cada vez más humanas y más poderosas (éste es precisamente el planteamiento que convierte en imprescindible, además de rabiosamente bella, la visión de Blade Runner).

No obstante, en la interpretación que aporta Ibáñez:

El mono que aprende a usar sus manos en la secuencia inicial, el astronauta que viaja al interior de su mente y el feto de una nueva criatura que flota en el espacio son una y la misma criatura: la evolución de un sólo individuo.

desearía añadir una nueva perspectiva. En mi opinión, la evolución no es, o no es exclusivamente, la de un solo individuo, sino la de toda la especie. El individuo, uno y plural, ser individual o símbolo de su especie, que debe intentar ese tercer salto evolutivo sin el que nuestra civilización estará abocada a la destrucción o la decadencia. Únicamente no comulgo, a pesar de su evidente belleza, con la interpretación, digamos “esotérica”, que ofrece Ibáñez en su conclusión. Las coincidencias son siempre estimulantes y creativas, pero quisiera tratar de aproximarme a lo sagrado desde el escepticismo más radical. Deben ser los restos de la mentalidad crítica y racionalista que se me inculcó… :-)

Veamos para terminar una de las escenas más “incomprensibles y confusas” de la película, a la que creo que acompaña el Requiem de Gyorgy Ligeti. Quizás se nos ocurra alguna interpretación insospechada… Ya más en serio, estoy seguro de que así debe ser, de que estas escenas no han agotado todo su poder semiológico y que su visión es una fuente de inspiración:

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