Haruki Murakami: “La literatura del jazz”

Este es mi primer post “real” sobre literatura. Elijo un autor de culto en estos momentos. Elijo un autor al que no he leído… o casi1, pues hace poco cayó en mis manos un bello artículo suyo titulado “La literatura del jazz”, publicado en el suplemento cultural ABCD del 26 de enero de este año.

Haruki Murakami

Copyright Elena Seibert

Murakami desvela allí algo que desconocía y que me parece especialmente significativo: hasta los 29 años nunca había querido ser novelista. Su gran pasión desde la niñez siempre había sido la música, sobre todo, a partir de cierto momento, la de jazz. He de decir que esto, sin que suponga ningún mérito añadido para mi autoridad al escribir sobre él, es una característica que nos une. Por supuesto, Murakami siempre había sido un lector voraz, pero su pasión por la música de jazz era tal que fundó un club de jazz en Tokio, que regentó durante 7 años, sólo porque, según nos dice, “me permitía escuchar jazz de la mañana a la noche”.

A esto puede llamársele una verdadera pasión. También relata Murakami su primer encuentro con el jazz, un concierto de Art Blakey and The Jazz Messengers al que asistió en Tokio cuando tenía 15 años. Aquel concierto le cautivó. Esto me recuerda a mi primera audición de Art Blakey y sus Messengers, hace menos años de los que querría, porque a pesar de ser ya completamente adulto cuando los descubrí, estoy completamente de acuerdo con la gran calidad de su música y la fascinación que también crearon en mí. Resulta curioso que un grupo de tan profunda calidad tímbrica fuera fundado por un batería, cuando la tradición siempre ha sido que lo hicieran los pianistas, saxos o trompetas.2

En su artículo, Murakami revela que su estilo de escritura surge en aquel momento, mucho más que de sus lecturas de Dostoievski, Kafka o Balzac, del ritmo musical del jazz y de su intento de modular una escritura que siguiese un “buen ritmo”. En su concepción, tras el ritmo vendría la “melodía”, después la “armonía” y, por último, la parte que más le gusta: la “improvisación libre”. Murakami afirma que probablemente no habría sido novelista de no estar tan obsesionado con la música. Y cita a propósito una respuesta del gran Thelonious Monk a una pregunta sobre cómo lograba extraer ese sonido especial del piano:

“No puede ser una nota nueva. Si te fijas en el teclado, todas las notas están ahí. Pero si deseas expresar esa nota lo suficiente, sonará distinta. ¡Debes elegir las notas que realmente quieras expresar!”

La cita de Monk, puesta en boca de Murakami, me parece especialmente bella. Y en realidad, con la literatura también ocurre lo mismo. Las palabras están todas allí, en el diccionario, en nuestro acervo cultural, en las historias que nos han contado, pero lo verdaderamente importante para crear una obra de arte con palabras, una novela o una poesía, es elegir las palabras que uno quiera realmente expresar y darles el énfasis necesario. En apariencia, una tarea fútil, pero precisamente ahí reside el verdadero secreto insondable de la creación: en que elijamos las palabras justas, mediante otras palabras que las rodeen convenientemente, que se rodeen entre sí y se apoyen y se sustenten adecuadamente para que expresen lo que realmente queremos expresar. Para mí, además de la música, y muy especialmente la de jazz, también representa ese papel de inspirador el cine. Y esto se verá sin duda en este blog.

Quisiera que los textos que yo escribo también estuvieran permanentemente animados por ese mismo espíritu de necesidad en la expresión. Sin que sea posible explicar la inefable búsqueda de las palabras adecuadas, que se transforman en un estilo, una entonación, unos personajes o una voz narrativa, adiestrar a la sensibilidad del escritor a encontrar las palabras que realmente quiere expresar puede ser una manera mucho más sencilla de encontrar la expresión idónea. Y como colofón, debería ser el camino más certero hacia la obra de arte, conocida o desconocida (y aquí debemos acordarnos de Balzac).

NOTAS
1 Aunque acabo de comprar su novela “Kafka en la orilla”, por supuesto, para leerla en cuanto disponga de un poco de tiempo y haya podido leer los demás libros que llevan haciendo cola en mi mesilla.

2 Para mí, el descubrimiento del jazz vino primero por la música de Miles Davis y sus famosos conciertos europeos en el festival de Montreux. En aquella época, yo vivía en Ginebra y era un pobre estudiante de filología alemana, por lo que mi situación financiera no me permitía asistir a los caros conciertos de Montreux, pero escuché en varias ocasiones retransmisiones radiofónicas (y creo que también emisiones de alguno de aquellos conciertos míticos en TV) y después compré una recopilación completa de sus años en la CBS, creo recordar. Aquel fue mi descubrimiento de la música de jazz, que ya no me ha abandonado después. En algún otro post explicaré con mayor detalle mi afición por el jazz.

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